La cultura nos empapa, y no digo que esté mal; pero cuando sigues la corriente en vez de marcarte tu propio camino, cuando persigues al rebaño sin pensar por ti mismo… entonces sus cadenas se hacen patentes. A continuación cuelgo un pdf que trata sobre este tema.

Es un cuento en el que se pone en la balanza la importancia de seguir la corriente. Está enfocado en la necesidad que tienen los jóvenes de ser “normales” para ser aceptados por sus iguales y cómo esto coarta su libertad. Todo visto desde los ojos y el pensamiento de un joven.

De verdad crees que tu mundo es tan diferente

Este relato breve lo hice pensando en la fina barrera que separa el bien y el mal y en lo intercambiables que son. Lo que unos creemos que está bien otros piensan que está mal y viceversa. Bueno, pues ahí va el cuento:

Me gusta mi papá. Me encanta cuando me arropa en la cama, bien tapada para que su ratita no se resfríe, como él dice. Pero no siempre me acuesta él porque muchas veces no está en casa. Y me pongo triste. También me puse triste cuando se fue mi mamá. Ella ya no va a volver… Pero cuando papá llega, mis ojos brillan de alegría, o al menos, eso es lo que dice Lucía. Lucía me cuida y siempre dice que me porto muy bien. Porque yo soy una chica buena. Todos están de acuerdo: mi papá, Lucía, los criados, mi tía Inés y mi tío Fernando, y todos. A mi tío también le gusta mi papá, dice que está ayudando a limpiar el país. En el cole la seño nos dijo que los barrenderos limpiaban las calles, y desde entonces quiero ser barrendera, para acabar con la basura, como mi papá. Pero tengo que comer mucho para hacerme como él. Es tan grande y fuerte… Pero no fuerte de gordo, como Fernando, fuerte de fuerte como los superhéroes.

Cuando me porto bien y hago lo que me piden los mayores, todos se ponen contentos. Dicen que soy obediente, no como Rebeca, que siempre se porta mal. A ella siempre la están riñendo. El otro día fui capaz de hacer una cosa de mayores yo sola. A David, uno de los criados, se le cayó un jarrón que le gustaba mucho a mi mamá. No me acuerdo mucho de mi mamá pero sé que le gustaba mucho ese jarrón. No había nadie por ahí así que fui a por la escoba, ¡yo solita! Y me puse muy contenta porque mi papá iba a estar orgulloso de mí. Cogí la escoba y le di una tunda de palos hasta que cayó al suelo. Según mi papá, David y los demás criados que tienen una estrella en la ropa son peores que los animales y hay que domesticarlos. Me gusta mi papá.

Me humillaron, riéndose de mi valía, ignorando mis lamentaciones, haciendo oídos sordos a mi infinita enfermedad, cubriéndome de mierda, ensordeciendo mis oídos con sus continuos gritos y sonidos estridentes que nunca acababan: a punto estuve de enloquecer.

Me esclavizaron, usándome incansablemente para sus fines: enriquecerse a mi costa. Mientras, yo iba desfalleciendo día tras día, sucumbiendo a la tristeza y la fatiga, sin poder hacer nada, atada como estaba.

Me torturaron físicamente, arrancándome trozos de carne, dejando que me desangrara mientras lágrimas, envenenadas por todos los brebajes que me habían suministrado a lo largo de innumerables fracciones de tiempo, corrían, casi sin aliento, por mi cuerpo, haciendo que las heridas escocieran.

Me torturaron anímicamente, obligándome a presenciar cómo mis hijos eran envenenados, decapitados, quemados…

Me violaron, ahondando en mis profundidades sin mi consentimiento, dejándome hueca y sin vida.

Así empezaba el testimonio de una mujer frente a un tribunal. Pero ¿quiénes podrían hacer algo así?, os preguntaréis. Voy a apuntar un detalle que, creo, es importante para responder a esta pregunta:

La mujer se hacía llamar Gaia y el tribunal era la Madre Naturaleza.

 Alguna vez entro y realizo alguna de mis acrobacias. Ellos se ríen, agradecidos, y yo siento cómo mi inquietud amaina, porque estoy contribuyendo a una buena causa. Pero luego los dejo allí y mi corazón cae resquebrajado a los pies: no puedo soportar verlos encarcelados, sucumbiendo a la asfixia de esos gruesos barrotes.

En otras ocasiones simplemente me quedo mirando; impotente, molesto por no poder hacer nada; enfadado por dejarlos allí, solos; viendo cómo la libertad se escurre de entre sus manos. Sus ojos parecen pedirme que los ayude a encontrar un paisaje que puedan recorrer, sus bocas que les conceda una danza de degustación, sus manos simulan implorar el tacto del aire puro… Pero yo nada puedo hacer.

También, en mis momentos cariñosos, endulzo su vida con alguna tierna caricia y ellos no quieren ser menos, así que me llevo más mimos de los que doy. Pero todo esto no soluciona nada. Siguen enjaulados y yo nada puedo hacer.

¡Cuántas veces he dejado la puerta de la celda abierta! Pero ellos, blandiendo una macabra sonrisa, han hecho ojos ciegos ¡En cuántas ocasiones me he preguntado por la razón de su encarcelamiento! Es verdad que sus palabras no siempre son comprensibles, o que sus andares haraganes no les llevan a ninguna parte, o, incluso, que sus perdidas miradas no encuentran una tabla de salvación entre el tumultuoso brillo demente de sus ojos ¿Pero eso es suficiente motivo para encerrar a alguien? me pregunto.

Lo peor de todo es que deambulan ajenos a su suerte, creyéndose libres mientras portan el cartel del apresamiento, riéndose de su propia miseria, languideciendo en el abrazo de los barrotes. El otro día sin ir más lejos, uno de ellos, una niña, comentó refiriéndose a mí:

¡Mira cómo salta! ¡parece un perro muy listo; qué pena que esté en esa jaula!

Fijaos hasta qué punto alcanza la magnitud de su locura.

Todos conocemos (bueno, siempre hay excepciones) de segunda o incluso primera mano la existencia del cine en 3-D pero…¿sabías, querido lector, que existían dibujos en 3-D pululando por las aceras de ciudades como Francia,Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, Estados Unidos y Australia? Yo ya me había enterado hace tiempo (como a lo mejor tú, culto lector) con una gran sorpresa, reflejada en el rostro y sentida en el alma, de esta maravilla. Si no sabías de la existencia de este arte te vas a llevar una gran sorpresa, así que prepárate. Ahí van algunos de los dibujos, luego te presento al artista y su técnica.

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Todos hemos oído hablar de los científicos en general y de los matemáticos en particular. Seguro que tú, mismamente, tienes una idea más o menos acertada de lo que caracteriza a estos seres enigmáticos: quizás seas de los que piensan que son individuos solitarios, fríos, desalmados y raros; a lo mejor tu mente une matemático a bata blanca, aburrimiento, extraterrestre, gafas, barba (en el caso de los hombres, claro)… No voy a entrar en la batalla de si estas características son o no acertadas pero sí voy a exponer unos casos reales de despiste extremo que he encontrado entre las líneas del libro “Los matemáticos no son gente seria” de Claudi Alsina y Miguel de Guzmán (te animo a que lo leas). Ten cuidado, querido lector, no se te queme la comida, se te olvide una cita importante o no te acuerdes de tu nombre mientras te introduces en este post. Después de esta importante advertencia ahí van los despistes:

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 Una dama de edad indefinida: la tersura de la juventud reflejada en la piel de su cara, la voz de la experiencia irradiando de sus ojos; unos ojos grandes que lo observan todo como si lo vieran por primera vez, unos ojos de anciana y de bebé al mismo tiempo, unos ojos a los que no se le escapan nada pero que no están seguros de nada… en definitiva, unos ojos curiosos.

Toda ella es un desafío, una cuestión. Su voz, ingenua aunque sabia, se escurre de sus labios entonando una pregunta, su cuerpo siembra la duda. Su olor abre los sentidos. Sus cálidas manos están dispuestas para acariciarlo todo…

Pero un detalle que llama más, si cabe, la atención, son las alas de la intuición que, pegadas a sus talones, la permiten avanzar lejos de la pesadez de lo terrenal, hacia mundos insospechados en los que la razón está impregnada de imaginación, creatividad, posibilidad…y duda.

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Ahí van unos chistes matemáticos que si no te hacen reír, querido lector, al menos te harán llorar pensar. Para conseguir algunos más, bien crujientes, puedes dirigirte aquí, que es de donde he tenido el honor de traerme los que aparecen más abajo (que conste que me ha costado lo suyo que accedieran a acompañarme):

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Me encuentro delante de la pantalla esperando que me responda a la pregunta pero parece que no lo va a hacer, así que intentaré contestarla yo. Detrás de Internet se esconden secretos a los que normalmente todos podemos acceder; solo hay que buscarlos…Un ordenador puede parir multitud de personas, (bueno esto no es del todo exacto, dicho así parece una barbaridad). Escribámoslo de otra manera: detrás de una computadora con Internet se esconden millones de individuos, ¿Qué no te lo crees? Pues fíjate más detenidamente y verás que detrás de cada frase hay un emisor ¿sigues sin verlo? Mira, ahí está.

Lo que quiero decir es que Internet nos ayuda a interaccionar con gente, quizás muy distante, que ni siquiera conocemos. Es una relación más global que permite descubrir teorías, conocimientos más dispares, enriquecernos. También podemos relacionarnos mediante el correo y el messenger (creo que los conoces ¿no, lector?). Hasta aquí todo bien pero, ¿qué pasa cuando el ordenador nos ciega de tal forma que no vemos a los que tenemos en frente?, ¿qué ocurre cuando nos enmudece para los más cercanos? (más…)