Alguna vez entro y realizo alguna de mis acrobacias. Ellos se ríen, agradecidos, y yo siento cómo mi inquietud amaina, porque estoy contribuyendo a una buena causa. Pero luego los dejo allí y mi corazón cae resquebrajado a los pies: no puedo soportar verlos encarcelados, sucumbiendo a la asfixia de esos gruesos barrotes.
En otras ocasiones simplemente me quedo mirando; impotente, molesto por no poder hacer nada; enfadado por dejarlos allí, solos; viendo cómo la libertad se escurre de entre sus manos. Sus ojos parecen pedirme que los ayude a encontrar un paisaje que puedan recorrer, sus bocas que les conceda una danza de degustación, sus manos simulan implorar el tacto del aire puro… Pero yo nada puedo hacer.
También, en mis momentos cariñosos, endulzo su vida con alguna tierna caricia y ellos no quieren ser menos, así que me llevo más mimos de los que doy. Pero todo esto no soluciona nada. Siguen enjaulados y yo nada puedo hacer.
¡Cuántas veces he dejado la puerta de la celda abierta! Pero ellos, blandiendo una macabra sonrisa, han hecho ojos ciegos ¡En cuántas ocasiones me he preguntado por la razón de su encarcelamiento! Es verdad que sus palabras no siempre son comprensibles, o que sus andares haraganes no les llevan a ninguna parte, o, incluso, que sus perdidas miradas no encuentran una tabla de salvación entre el tumultuoso brillo demente de sus ojos ¿Pero eso es suficiente motivo para encerrar a alguien? me pregunto.
Lo peor de todo es que deambulan ajenos a su suerte, creyéndose libres mientras portan el cartel del apresamiento, riéndose de su propia miseria, languideciendo en el abrazo de los barrotes. El otro día sin ir más lejos, uno de ellos, una niña, comentó refiriéndose a mí:
¡Mira cómo salta! ¡parece un perro muy listo; qué pena que esté en esa jaula!
Fijaos hasta qué punto alcanza la magnitud de su locura.