Alianza, ese es el nombre de un libro que leí hace poco y que me llamó gratamente la atención. Su autora se llama Anne Givaudan.

No, no va sobre educación pero si transmite un aprendizaje que todos podemos llevar a cabo porque está dentro de nosotros.

Con palabras sencillas nos recuerda el cometido para el que hemos nacido. Nos recuerda que somos luz y paz detrás de las máscaras de sufrimiento con las que nos identificamos.

El libro puede parecer de ciencia-ficción pues el sendero a seguir es mostrado por los habitantes de Venus. Pero, pienso que, el que uno lo considere un relato imaginario o una historia cierta no es transcendente. Lo importante es el mensaje que se da en él y cómo resuena en nuestro corazón.

Un mundo mejor es posible pero tenemos que despertar a esa fuente de paz y alegría que somos. El mundo es un reflejo de nosotros. No busquemos culpables, símplemente actuemos. Y con actuar me refiero: tomemos consciencia de nosotros mismos. Detrás del sufrimiento está la dicha, pero debemos mirar dentro de nosotros para traspasar ese dolor (sin apegarnos a él) y encontrarla.

Lo mejor que podemos hacer por el mundo es encontrarnos a nosotros mismos.

Un pozo. Seco y lleno. Lleno de gritos, de brazos, piernas y desvaríos. Sus dueños: una miriada de hombres y mujeres con aire ido.

Unos imploran al cielo que los saquen. Otros se dejan caer en el suelo como si este fuera un soporífero narcótico. Algunos intentan subir el pozo pisoteando a los demás. Los menos intentan encontrar una solución pero se apegan a sus ideas y éstas les ciegan.

Muchos culpan a los demás de su situación. Otros claman al cielo, echando pestes por lo que les ha hecho y otros se martirizan a sí mismos. Pero tanto unos como otros permanecen ciegos.

Todos esperan que sea otro el que les saque de ese asfixiante lugar.

La situación te parecerá más irrisoria si sabes que una sólida escalera de cuerda llega, desde lo alto del pozo, hasta el suelo. Pero los hombres y mujeres están tan embebidos por su mala suerte que no la ven. Están tan preocupados en buscar culpables que no la palpan. Tan abstraidos están en no responsabilizarse de su situación que no la sienten.

¿Te reconoces en estos locos, atrapadesvaríos? ¿No somos unos nidos rebosantes de culpabilidad en los que no cabe la acción? ¿No nos quedamos quietos mientras dejamos que los demás nos ayuden? Pero la solución está cerca de nosotros. ¡La solución somos nosotros! Sólo basta con que iniciemos nuestra ascensión por la escalera. Peldaño a peldaño. Pero antes tenemos que verla a través de la niebla del miedo, los prejuicios, el apego, la culpabilidad, el autoengaño…

¡Que pronto encuentres la escalera que te lleva a ti mismo!

He servido a las órdenes de los más famosos y renombrados pero sin olvidarme de los más insignificantes y desconocidos.

He viajado a los lugares más recónditos y secretos pero también me he empapado de los habitáculos más cotidianos.

Innumerables ideologías religiosas, políticas, filosóficas… tanto de grandes masas como de particulares, han sido defendidas por mí con gran ahínco. ¡Cuántas veces he renovado mis antiguas convicciones por otras casi contrarias…!

He sido elegida como oradora en innumerables discursos, aún cuando, de primera mano, no era bien recibida en la sala.

Compañera de héroes y malvados; amiga de valientes y cobardes; conocida de plebeyos y reyes; acompañante de hombres y mujeres; íntima de esposas y maridos.

Y aunque parezca que soy omnipresente sólo permanezco en los terrenos en los que reina el odio; aún disfrazándome de omnipotencia nada valgo donde El Amor entona su canto; aún siendo requerida por tantos amigos, sólo nacen enemigos allí donde pongo los pies; aún sirviendo a buenas metas torno el camino de dolor y miedo.

Y lo más irónico es que, aunque mi nombre parece disfrazarse con la palabra “ama”, una nefasta “r” cambia completamente la esencia de mi significado.

El siguiente relato va dirigido a aquellos que creen que no pueden hacer nada porque no han encontrado la fuente de paz que mana en su interior.

<<No le gustaba nada la situación en la que se encontraba ella. Tampoco le gustaba el mundo, desprovisto de color como estaba. Pero ¿qué podía hacer? Poco.

Y con esta idea en su cabeza murieron los días y con los días fenecieron los meses y los meses se transformaron en años. Ideas de desamparo y apatía se fueron filtrando en su persona, sin prisa pero sin pausa. Los telediarios, las noticias, su cultura, los científicos… no hacían más que insuflar los rayos negros de pesimismo que se inmiscuían cada vez más en su vida.

Un día la carga era tan pesada, la culpabilidad tan aplastante, las mentiras tan hirientes que decidió mirarlas a la cara. Intentó internarse por entre el vasto temor que la paralizaba. No lo consiguió porque se apegaba a ese temor. Quería desprenderse de él pero no lo soltaba. Mas un día una voz, que manaba de lo más profundo de su ser, le dijo: <déjate caer> <no te resistas>. Y eso es lo que hizo ella. Y así comenzó su despertar.

Pero ¿sabéis quién era nuestra amiga? Una ficha dominó. Y ¿sabéis qué pasó con su pequeña muestra de consciencia? Al dejarse caer arrastró consigo a otra ficha dominó, que a su vez, gracias al efecto dominó, tumbó a otra.

La última ficha que cayó al suelo impulsó un resorte que hizo que se abriera la caja donde habían sido enjaulados los colores desde hacía tanto tiempo… El mundo mostró todo su esplendor ¡Y todo por el despertar de una ficha!>>

Así que no lo olvidéis. Si cada célula de nuestro cuerpo pensara que nada puede hacer por sí sola cuando nos achaca una enfermedad hace tiempo que estaríamos muertos.

La cultura nos empapa, y no digo que esté mal; pero cuando sigues la corriente en vez de marcarte tu propio camino, cuando persigues al rebaño sin pensar por ti mismo… entonces sus cadenas se hacen patentes. A continuación cuelgo un pdf que trata sobre este tema.

Es un cuento en el que se pone en la balanza la importancia de seguir la corriente. Está enfocado en la necesidad que tienen los jóvenes de ser “normales” para ser aceptados por sus iguales y cómo esto coarta su libertad. Todo visto desde los ojos y el pensamiento de un joven.

De verdad crees que tu mundo es tan diferente

Este relato breve lo hice pensando en la fina barrera que separa el bien y el mal y en lo intercambiables que son. Lo que unos creemos que está bien otros piensan que está mal y viceversa. Bueno, pues ahí va el cuento:

Me gusta mi papá. Me encanta cuando me arropa en la cama, bien tapada para que su ratita no se resfríe, como él dice. Pero no siempre me acuesta él porque muchas veces no está en casa. Y me pongo triste. También me puse triste cuando se fue mi mamá. Ella ya no va a volver… Pero cuando papá llega, mis ojos brillan de alegría, o al menos, eso es lo que dice Lucía. Lucía me cuida y siempre dice que me porto muy bien. Porque yo soy una chica buena. Todos están de acuerdo: mi papá, Lucía, los criados, mi tía Inés y mi tío Fernando, y todos. A mi tío también le gusta mi papá, dice que está ayudando a limpiar el país. En el cole la seño nos dijo que los barrenderos limpiaban las calles, y desde entonces quiero ser barrendera, para acabar con la basura, como mi papá. Pero tengo que comer mucho para hacerme como él. Es tan grande y fuerte… Pero no fuerte de gordo, como Fernando, fuerte de fuerte como los superhéroes.

Cuando me porto bien y hago lo que me piden los mayores, todos se ponen contentos. Dicen que soy obediente, no como Rebeca, que siempre se porta mal. A ella siempre la están riñendo. El otro día fui capaz de hacer una cosa de mayores yo sola. A David, uno de los criados, se le cayó un jarrón que le gustaba mucho a mi mamá. No me acuerdo mucho de mi mamá pero sé que le gustaba mucho ese jarrón. No había nadie por ahí así que fui a por la escoba, ¡yo solita! Y me puse muy contenta porque mi papá iba a estar orgulloso de mí. Cogí la escoba y le di una tunda de palos hasta que cayó al suelo. Según mi papá, David y los demás criados que tienen una estrella en la ropa son peores que los animales y hay que domesticarlos. Me gusta mi papá.

Me humillaron, riéndose de mi valía, ignorando mis lamentaciones, haciendo oídos sordos a mi infinita enfermedad, cubriéndome de mierda, ensordeciendo mis oídos con sus continuos gritos y sonidos estridentes que nunca acababan: a punto estuve de enloquecer.

Me esclavizaron, usándome incansablemente para sus fines: enriquecerse a mi costa. Mientras, yo iba desfalleciendo día tras día, sucumbiendo a la tristeza y la fatiga, sin poder hacer nada, atada como estaba.

Me torturaron físicamente, arrancándome trozos de carne, dejando que me desangrara mientras lágrimas, envenenadas por todos los brebajes que me habían suministrado a lo largo de innumerables fracciones de tiempo, corrían, casi sin aliento, por mi cuerpo, haciendo que las heridas escocieran.

Me torturaron anímicamente, obligándome a presenciar cómo mis hijos eran envenenados, decapitados, quemados…

Me violaron, ahondando en mis profundidades sin mi consentimiento, dejándome hueca y sin vida.

Así empezaba el testimonio de una mujer frente a un tribunal. Pero ¿quiénes podrían hacer algo así?, os preguntaréis. Voy a apuntar un detalle que, creo, es importante para responder a esta pregunta:

La mujer se hacía llamar Gaia y el tribunal era la Madre Naturaleza.